Lo miró a los ojos y, solo con ese mísero instante, supo que ya nada era igual, que en sus ojos ya no corría la pasión que días atrás estaba corriendo, que sin lugar a dudas, él había apagado voluntariamente este fuego. Se dijeron las últimas palabras, ella totalmente con la respiración cortada, después de tantas idas y venidas, después de tantas recaídas, después de tantas lágrimas y tan solo lo que empezaban a quedar eran las cenizas de un amor que ni si quiera había apostado nada. Ni el amor era suficiente ya. Ni eso si quiera. Ella quiso recordarle siempre, ella no podía volver a su mundo cruel sin, por última vez, rozar sus labios de algodón con los suyos, aunque sabía, que con tan solo rozarlos, iban a quemar. Este espacio entre ambos, solo se caracterizaba por el poco espacio. Sus alientos fueron compartidos. Y qué dolor. Y que instante de felicidad a la vez. Y que pocas ganas de volver al mundo real, y que maldita despedida.
Así fue, se despidieron para no volver nunca jamás, para no encontrarse en ningún lugar más, pero... cobardes, quisieron exceptuar los sueños.
Y que ignorante ella... Dejó sus puertas abiertas por si aún quería volver.
No hay comentarios:
Publicar un comentario