Translate

lunes, 2 de febrero de 2015

Enterraste mis miedos y los tuyos siguen a flor de piel.

Me gustaría escribir sobre qué bonita es la vida, sola, o junto a alguien, que bonita es la vida mientras paseas ante un anochecer junto a alguien, o al menos sin sentirte sola. Y ojalá pudiese decir todas esas barbaridades que me gustaría decir algún día, todas esas cursiladas y sobre lo bonito que veo el mundo.
Pero joder, lo hemos sido todo aun sin ser nada, ni si quiera sin rozar sus labios teniendo, todo hay que decirlo, la maravillosa tentación.

Pretendías llamar mi atención, y la llamaste, jodidamente lo conseguiste. Pero tú y yo éramos amigos, y yo sin ningún problema te contaba todas esa movidas con los chicos, mientras tú solo querías que fuese a tu casa, de esos polvos pasajeros, esas aventurillas de las que tanto hemos hablado, querías ser de esos follamigos con la esperanza de llegar a algún sitio pero sin desperdiciar el tiempo.
Y joder, mira si nos hicimos amigos que antes de que pudiese pasar todo esto, cuando nos paramos a ver la vida, nos dimos cuenta que incluso ya compartíamos a los amigos, que tampoco había día que no nos viéramos.

Y él siempre pensando en un futuro junto a mí, en las mil posibilidades que tendríamos, en millones de sucesos que pensabas que podía pasar.

Y otra vez mis miedos, de esos que tanto te hablé en las clases de matemáticas, en esas que solo resolvíamos mis problemas. Pero hablemos de esos miedos, esos miedos que jodidamente sigo teniendo. El miedo de enamorarme, el miedo de pegar un polvo, volver a casa y ver que se ha quedado dentro, el miedo de que todo sea demasiado romántico, el miedo de mis insomnios, de mis mil cuentos, historias, imaginaciones, el miedo de mí, de este corazón que es totalmente independiente, y que me mete en cada lío que no veas.

Él, que gracioso, nunca hablaba de los suyos e intentaba quitarme los míos. Y por una parte tengo que decir que lo consiguió, que me quité de encima algunos de ellos, y por este poco peso empecé a volar, y a volar alto, pero aún sin pasar la Torre Eiffel, tú tenías que subirme ahí a lo alto, para conseguirlo. Pero la realidad es que tus miedos, como ya he dicho antes, nunca me los habías contado. Ese fue el error, que tu me enseñabas a volar desde ahí bajo, y yo aún no me había dado cuenta.

Entonces, ese mismo día en el que pretendía decirte que me subieras ahí arriba, tus miedos se desmoronaron, el miedo de fracasar, el miedo de darle rienda suelta a tus sentimientos, el miedo de querer la locura y abandonar la cordura, el miedo de distraerte con cada palabra mía, o con sus propios sentimientos. Tuvo tanto miedo, que me obligó a bajar, así, de golpe.
Nadie se puede imaginar cómo dolió eso.

Volvamos atrás, volvamos a ser como antes, me dijiste. Pero, yo ya había aprendido a volar, ya sabia lo que tú me habías enseñado.
Es imposible volver a atrás. Es imposible hacer como si nada hubiese pasado, porque desde que nos conocimos ya todo podía pasar, porque desde que nos conocimos supimos que llevarse por los sentimientos no estaría tan mal, o al menos eso me decías tú, eso que yo acogí, y que tú al final dejaste. Aquí lo dejaste, esa maravillosa teoría la dejaste conmigo. Y tú ahora sigues con tus miedos. O también pueden ser los míos, esos que me ayudaste a echar a la basura.


Déjalos a un lado,

vuela conmigo,

no va a ser fácil, 

pero joder,


ya verás que vistas. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario